Helmut Gargitter, ya experto en esta zona, nos proporcionó
información valiosa, incluyendo el contacto del escalador y fotógrafo
profesional de Caracas, Henry González.
Al encontrarlo en la capital, descartó de inmediato nuestro proyecto de escalar
el Roraima o el Kukenán Tepuy ya que, aunque son muy bellos, se encuentran
dentro de un Parque Nacional y la población local es particularmente
conservadora al respecto. González nos aconsejó otro tepuy, el Acopán, situado
más al oeste en una zona habitada por los Taurepán, indígenas ya acostumbrados
a ver excursionistas y seguramente dispuestos a ayudarnos como porteadores.
Desde Caracas, tras 22 horas de autobús (el conductor se
perdió), llegamos a Santa Elena de Uairén, en la frontera con Brasil, y desde
allí, en una avioneta tras una hora de vuelo, aterrizamos en Yunek, un pequeño
pueblo no muy lejos de nuestra pared. Los habitantes nos acogieron con gran
cordialidad, especialmente Leonardo, su capitán, quien se puso a nuestra disposición
explicándonos los precios y cómo debían ser las cargas para los porteadores.
Los Taurepanes viven en unas pocas y sencillas chozas de madera y barro
carentes de toda comodidad, y cada vez que necesitan llegar a Santa Elena,
emplean tres días de navegación por los ríos Karuai y Caroní. Tras el encuentro
con esta gente extraordinaria, los porteadores nos acompañaron hasta el pie de
la pared y en un claro encantador al límite de la selva montamos nuestro
campamento.
Al día siguiente, guiados por nuestro inseparable Leonardo,
atravesamos la selva y subimos al pie de la pared identificando una hermosa
línea de ascenso con una sola incógnita: una zona de desplomes en la parte
alta. En el camino de vuelta, ¡afortunadamente íbamos acompañados, de lo contrario
todavía estaríamos allí buscando nuestro campamento! A la mañana siguiente,
bajo el rojo del amanecer, en una hora y media alcanzamos las empinadas laderas
de hierba en la base de la pared.
Al día siguiente, tras remontar las cuerdas fijas,
reanudamos la escalada siguiendo una fisura que, cortando el muro vertical,
lleva directamente bajo una serie de desplomes que de inmediato se demostraron
exigentes. Resultado: al poco tiempo estaba colgando unos metros más abajo y,
girando por el efecto de la torsión de la cuerda, admiraba el panorama hacia la
Amazonía brasileña. Un calor tórrido y la amenaza de fuertes tormentas nos
acompañaron todo el día hasta el regreso al campo, ya de noche.
A la mañana siguiente empleamos cerca de dos horas y media
en remontar los aproximadamente 270 metros de cuerdas fijas, en gran parte en
el vacío. La pared se volvía cada vez más desplomada y nos dimos cuenta aún más
cuando, al tirar una roca inestable, esta nunca tocó la pared, estrellándose en
la base a 15 metros de ella. Finalmente, por la tarde alcancé a Alberto en la
reunión en la cima de la pared, sin poder llegar a la cumbre propiamente dicha
ya que los últimos metros de roca donde la pared perdía inclinación estaban
invadidos por la vegetación. También en esta jornada el calor fue nuestro fiel
compañero junto a las inevitables tormentas, que sin embargo no nos molestaron
gracias al desplome de la pared.
El nombre que elegimos para nuestra vía es Hasta Luego
Taurepan, es decir, "Adiós al pueblo de Yunek", como
agradecimiento por la ayuda indispensable que la gente del lugar nos dió, con
la esperanza de volver a escalar en este lugar único en el mundo.



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