Hasta Luego Taurepan (2006)

Hasta Luego Taurepan (6c+, oblig. 6b, 300m, 10 largos)
FA: Paolo Stoppini (ITA), Alberto Zucchetti (ITA), Daniele Zinetti (ITA), Sandro Borini (ITA).  
Fecha: Enero 2006.
Acopan Tepui. P. N. Canaima.
Estado Bolívar. Venezuela.

Fuente: Paolo Stoppini.
Reseña publicada en www.ossolaclimbing.org (ya no existe la pagina web).

Los Tepuyes son montañas formadas por la fuerte acción erosiva ocurrida a lo largo de milenios; están constituidos por estructuras rocosas compactas y resistentes, cuyas paredes alcanzan alturas de 600 o 700 metros. Las densas selvas que se encuentran a sus pies llegan hasta la base del cono de deyección, donde el terreno se vuelve plano y se extiende la Gran Sabana. Hay unos cincuenta Tepuyes localizados mayoritariamente en el sur de Venezuela, en la gran Guayana (región que se extiende por tres estados: Amazonas, Bolívar y Delta Amacuro).

Helmut Gargitter, ya experto en esta zona, nos proporcionó información valiosa, incluyendo el contacto del escalador y fotógrafo profesional de Caracas, Henry  González. Al encontrarlo en la capital, descartó de inmediato nuestro proyecto de escalar el Roraima o el Kukenán Tepuy ya que, aunque son muy bellos, se encuentran dentro de un Parque Nacional y la población local es particularmente conservadora al respecto. González nos aconsejó otro tepuy, el Acopán, situado más al oeste en una zona habitada por los Taurepán, indígenas ya acostumbrados a ver excursionistas y seguramente dispuestos a ayudarnos como porteadores.

Desde Caracas, tras 22 horas de autobús (el conductor se perdió), llegamos a Santa Elena de Uairén, en la frontera con Brasil, y desde allí, en una avioneta tras una hora de vuelo, aterrizamos en Yunek, un pequeño pueblo no muy lejos de nuestra pared. Los habitantes nos acogieron con gran cordialidad, especialmente Leonardo, su capitán, quien se puso a nuestra disposición explicándonos los precios y cómo debían ser las cargas para los porteadores. Los Taurepanes viven en unas pocas y sencillas chozas de madera y barro carentes de toda comodidad, y cada vez que necesitan llegar a Santa Elena, emplean tres días de navegación por los ríos Karuai y Caroní. Tras el encuentro con esta gente extraordinaria, los porteadores nos acompañaron hasta el pie de la pared y en un claro encantador al límite de la selva montamos nuestro campamento.

Al día siguiente, guiados por nuestro inseparable Leonardo, atravesamos la selva y subimos al pie de la pared identificando una hermosa línea de ascenso con una sola incógnita: una zona de desplomes en la parte alta. En el camino de vuelta, ¡afortunadamente íbamos acompañados, de lo contrario todavía estaríamos allí buscando nuestro campamento! A la mañana siguiente, bajo el rojo del amanecer, en una hora y media alcanzamos las empinadas laderas de hierba en la base de la pared.

Después del primer largo un poco sucio, comenzó una de las escaladas más entusiastas que jamás nos hayan pasado, sobre esta roca arenisca de color rojo oscuro, durísima y rica en fisuras donde colocar friends. Así, por la noche, cansados pero satisfechos por los tres largos equipados, volvimos al campo. Bajo el toldo que servía de comedor, Leonardo, con gran tranquilidad y tras traernos para ver un escorpión negro grande como una mano que soltó prontamente a pocos metros de nuestros pies, nos dijo "va a jover", es decir, que iba a llover, y se retiró a su tienda. Durante la noche cayó un diluvio y al día siguiente bajaban cascadas de agua por toda la pared, obligándonos a descansar. Dedicamos el día a nuestros diarios de viaje, a ordenar el campo y a lavar la ropa. Después de bañarnos, el habitual Leonardo (nuestro ángel de la guarda) nos llamó para enseñarnos una serpiente justo al lado de nuestra poza de agua. Era una Mapanare (así la llaman los indios), un reptil aún más venenoso que la serpiente de cascabel y particularmente difícil de ver porque se mimetiza muy bien con el sotobosque. ¡Nuestro conocimiento del lugar se estaba volviendo cada vez más profundo!

Al día siguiente, tras remontar las cuerdas fijas, reanudamos la escalada siguiendo una fisura que, cortando el muro vertical, lleva directamente bajo una serie de desplomes que de inmediato se demostraron exigentes. Resultado: al poco tiempo estaba colgando unos metros más abajo y, girando por el efecto de la torsión de la cuerda, admiraba el panorama hacia la Amazonía brasileña. Un calor tórrido y la amenaza de fuertes tormentas nos acompañaron todo el día hasta el regreso al campo, ya de noche.

A la mañana siguiente empleamos cerca de dos horas y media en remontar los aproximadamente 270 metros de cuerdas fijas, en gran parte en el vacío. La pared se volvía cada vez más desplomada y nos dimos cuenta aún más cuando, al tirar una roca inestable, esta nunca tocó la pared, estrellándose en la base a 15 metros de ella. Finalmente, por la tarde alcancé a Alberto en la reunión en la cima de la pared, sin poder llegar a la cumbre propiamente dicha ya que los últimos metros de roca donde la pared perdía inclinación estaban invadidos por la vegetación. También en esta jornada el calor fue nuestro fiel compañero junto a las inevitables tormentas, que sin embargo no nos molestaron gracias al desplome de la pared.

Al día siguiente, Sandro y Daniele subieron para repetir la vía y verificar el grado justo de dificultad de los varios largos. La calidad de la roca, rica en fisuras y regletas perfecta para escalar, nos permitió trazar a lo largo de los aproximadamente 350 metros (9 largos) de pared casi completamente desplomada, una línea fabulosa en escalada libre con dificultades constantes desde el segundo largo en adelante entre el 6b+ y el 6c+ (6b obligado), casi totalmente equipada, con uso de parabolts en todas las reuniones y en medida de dos o tres por largo en las zonas donde la roca compacta no permitía colocar ninguna otra protección, en el máximo respeto de una ética que distingue la escalada realizada en este tipo de paredes.

El nombre que elegimos para nuestra vía es Hasta Luego Taurepan, es decir, "Adiós al pueblo de Yunek", como agradecimiento por la ayuda indispensable que la gente del lugar nos dió, con la esperanza de volver a escalar en este lugar único en el mundo.


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